La Muerte escuchó un motor rugir y volteó curiosa para distinguir, era Paulo con ruta marcada, en su moto lista para la rodada. Con casco puesto y rumbo seguro, avanzaba tranquilo, firme y maduro, la flaca pensó con gran respeto: “Aquí no hay prisa, hay buen trayecto”. Paulo siguió sumando caminos, kilómetros, risas y buenos destinos, mientras la Muerte, desde el arcén, aprendía a rodar… sin intervenir también.





