La Muerte oyó rugir el viento cuando Eduardo arrancó el motor, rodando pueblos mágicos con casco, fe y buen humor. De plaza en plaza dejó huella, de cirio en cirio una oración, la huesuda quiso alcanzarlo pero perdió la dirección. Entre curvas, risas y polvo la Catrina se cansó, pues Eduardo en su motocicleta a la muerte le dio el rol.





