Javier montó su caballo de acero, con casco brillante y corazón sincero, la Muerte lo miró desde un callejón, “¡Ese motero va con dirección!” Rodando por pueblos llenos de encanto, comía tamales, pozole y tanto, de Real del Monte a Tepoztlán, la flaca lo seguía sin descansar. “¡Ven Javier!”, le gritaba la huesuda, “Deja ya la ruta tan ruda”, pero él, entre risas y viento en la cara, le respondió: “¡Después, calaca, me espera la sierra Tarahumara!” Cumplía retos, conocía su nación, cada parada era una bendición, con su grupo valiente de aventureros, Rodando Rutas Mágicas, ¡todos viajeros! La Muerte, cansada de tanto esperar, se subió a una moto para alcanzar, pero al ver la pasión del mototurista, decidió mejor hacerse su copilota optimista. Y así sigue Javier, sin miedo ni prisa, rodando caminos con alma y sonrisa. Aunque la flaca va ya en su rodada, sabe que ese viaje… ¡no tiene parada!





