Me fui a Cadereyta en la moto sin mucho plan. Carretera sola, calorón pegando en el casco y el cerro al fondo. Paradas solo para gasolina y una coca bien fría. El ruido de la moto y el viento es lo único que se escuchaba. Llegué polveado, cansado y con la sonrisa bien puesta. De esos viajes cortos que te reinician la cabeza.





